El día que nací yo... recién entraba el otoño. Mi madre dice que debía de ser sobre la hora de cenar, que se acuerda ella que le dio tiempo a ver el telediario y todo. Siempre fue una mujer muy interesada por su entorno social y político, incluso en momentos de parto agudo, como el que les estoy contando.

       Enseguida me dio por cantar. Mis hermanos mayores jugaban a grabarme con mi media lengua de tres años en nuestro idílico radiocasete de doble pletina. Me enseñaban las canciones dejándome terminar cada uno de los versos. Era divertido: todos nos reíamos tanto. Aprendía sin filtro: desde la Orquesta Mondragón, Juan Luís Guerra, Puturrú de Fuá, Hombres G hasta Carlos Cano, Manolo Escobar o Paquita la del Barrio. Con el paso de los años se convirtió en mi juego favorito, desde luego.

       Mi formación musical comienza en mi pueblo, Totana, en la escuela municipal de música. Después continué en el Conservatorio Profesional 'Narciso Yepes' de Lorca. Es en esos años de adolescencia y juventud efervescente donde más disfruté de la banda sonora de mi pueblo, que se viene arriba sobre todo en Navidad y en las romerías de la patrona. Especial y delicadamente me bulle por las venas el calor que dejaron las juergas que tan bien han organizado siempre mis padres. Inolvidables boleros, pasodobles primorosos, rancheras y corridos, rumbas, canciones todas que, una a una, gota a gota, fueron calando mi espíritu de líquida melodía hasta las tantas de la madrugada.

       En el otro lado del espejo, en el de la vida práctica del adulto trabajador, natural e inconscientemente fui tomando decisiones que me hicieron permanecer lo más pegada posible a la orilla lúdica del río de la vida. Me fui a estudiar a Granada La Mágica y allí me dejé atrapar definitivamente por el jazz, el flamenco, los ritmos tropicales y los aires de Oriente. Además de todo me licencié en Piano por el conservatorio Superior de Música de Granada, no vayan a pensar.

       Les reconozco que amo mi nombre tal y como se dice en mi tierra, con el artículo delante: La Blasa. Blasas son mi prima, mi tía, mi abuela del alma, mi tía abuela, mi bisabuela, mi tirititran-tarabuela, y así así, supongo yo, hasta la primera mujer, que siguiendo el hilo lógico de lo que les cuento, no se llamaría Eva, como dicen algunos, sino Blasa. Habría que cambiar algunos libros, pero qué bonito sería hacerle honor a la historia verdadera de Adán y Blasa en el Paraíso. La etimología también me hizo un regalo (soy una mujer con suerte, como ven). Blasa: la que balbucea, la que babea... Que es justo como me quedo yo las más de las veces delante del jamón, las canciones, el vino, mis amores, los viajes, la emoción...

       Sirva este cuento que les cuento de presentación de mi más reciente proyecto: La Blasa. Con él he recuperado gloriosamente mi juego favorito: me he grabado en directo cantando. Esta vez, sin embargo, lo he hecho a lo grande: no registrándome en casete de doble pletina, sino editando personalmente mi propio disco. Pido bendiciones y agradezco de corazón para que sea el primero de una larga y hermosa lista.

       ¡Salud!